En este curso 2024-2025 heredo el puesto de Editor de Cinema Ad Hoc, además de seguir colaborando en ella. En esta ocasión, escribo sobre la nueva película del que fue mi cineasta favorito durante mi veintena: Mickey 17 de Bong Joon-Ho. Disfrutadla:
Ruido de impresión
Resulta particularmente anómalo, en este panorama de oligopolio de grandes empresas de entretenimiento cada vez menos dadas al riesgo y a la disonancia, que el foco del marketing de una superproducción sea el nombre del realizador que la firma. Pocos directores tienen ese reconocimiento como para ser el mayor reclamo de su película, pero sin embargo en este caso es mas una maldición envenenada que una gran noticia. Hablamos, dicho sea de paso, del director favorito de este redactor durante los inicios de su veintena, pero entroncado en esta ocasión en un contexto de producción que no le fue favorable. Tras una sucesión de retrasos en la fecha de estreno por desavenencias con los directivos de producción Warner estrena en todo el globo Mickey 17, la nueva superproducción de Bong Joon-Ho protagonizada por Robert Pattinson.
Una ambiciosa distopía satírica trufada de temas filosóficos y sociales ambiciosos que regresa a las coordenadas tonales y visuales de Okja o Rompenieves, lo cual causará el recelo de aquellos que acudan a la cita con la expectativa de Parásitos. Una aventura histérica divertida, pero que no toca hueso en ninguno de los frentes que abre. El otrora maestro de la mezcla de géneros naufraga en el brochazo y el ruido, y los rasgos más puros de ciencia-ficción aderezan de dinamismo y frescura el desarrollo pero sin lograr construir ninguna conexión emocional de poso, desarrollo textual convincente o hallazgo expresivo audiovisual sorprendente u ingenioso. Cacofonía vistosa y ambición mal balanceada.
Ante el nihilismo crítico hacia la realidad que nos toca y nos tocará vivir, Bong y gran parte del cine contemporáneo opta por reírse y ridiculizar desde la crueldad. En la encrucijada de abandonar el mundo corrompido y abrirse a otros nuevos, la furiosa y chillona marabunta social repite sus vicios y miserias de siempre. El egoísmo y la ambición por bandera frente a la conciencia responsable con el medio y los recursos nos condenan al caos y a la crueldad allá por donde pasamos.
La distopía disparatada del surcoreano se apoya de nuevo en la lucha de clases y en la ridiculización de los fanatismos y los líderes populistas, tan oportuna en nuestros días. La aventura espacial canaliza la sátira social, y el ambicioso aparataje de producción y la imaginería fantástica se halla en aras de un torbellino de miserias que exhibe una vez más la fuerza cinemática y el sentido del espectáculo que Bong ha sido capaz de conjugar en todos sus largometrajes.
Construido alrededor del lucimiento de su estrella principal, el Mickey de Pattinson manifiesta diferentes rasgos de personalidad a través del recurso de las versiones fotocopiadas. La identidad del individuo se cuestiona y diluye, y Mickey 17 no es la misma persona que Mickey 18, ni que sus 16 versiones anteriores. Un personaje patético más en la línea de tantos antihéroes Bonguianos, infraser de derribo que permite entreabrir el dilema ético del doppelgänger, restringido en la ficción fuera de los confines terrestres. El británico trabaja aquí en un registro de voz agudo y con un lenguaje físico rico en gesticulación, y el viaje de conflicto y posterior conciliación pacífica con los nuevos mundos permite evolucionar a un personaje cuyo via crucis permite la creencia en una utopía mas solidaria que ejemplifica mediante su sacrificio constante.
La originalidad de la película definiendo su propio universo visual es encomiable, y aún integrado con los medios del blockbuster americano la personalidad de Bong se mantiene intacta, reconocible e innegociable. La elegante y tragicómica partitura de cuerdas de Jung Jae-Il, en la línea de Parásitos, refuerza el aspecto sensible y tierno que lucha por imponerse a la crueldad y a la ambición en lo que no deja de ser un cartoon a gran escala donde el sentido de la maravilla se roza siempre con sorprendente destreza y ligereza. Los gusanos gigantes de Niflheim, el planeta helado, son lo suficientemente carismáticos e ingeniosos en el diseño de su comportamiento como para sostener un filme, seamos claros, cargado de flaquezas.
Mal extendido en el cine comercial de gran presupuesto, el dilatado metraje es una rémora para el impulso de un buque sobrecargado de accesorios superfluos. Ningún personaje secundario queda convenientemente desarrollado, los vínculos amorosos son caprichosos y pueriles y las subtramas políticas de beligerancia armada entran y salen del filme con torpeza y atropello. La narración discurre atorada pese al atropello de la acción, la violencia gratuita carece de peso o fuerza estética y, en suma, no hay imágenes de peso que sustraer de una película visualmente inerte, tan opulenta en su decoración como gris en su paleta y encuadres.
Todos los personajes de Mickey 17, buenos o malos, agotan por estar escritos e interpretados en el mismo registro. Todos son histriones irritantes, no hay personajes cargados de tragedia o envueltos de afectación o solemnidad dramática. Doce años después de Snowpiercer el chiste que representaba el personaje de Tilda Swinton ha perdido ya la gracia, y el balance tonal con el que Bong deslumbrase en el pasado es aquí pura saturación de humor grueso de gracia relativa. Sumado esto a lo inexplorados que quedan la mayoría de conceptos filosóficos, el filme resultante es trepidante pero ligero y plano.
Ácida, desmadrada y atrevida, Mickey 17 fantasea sobre los dilemas sociales que puede afrontar la sociedad colonizadora del futuro en una montaña rusa de violencia y absurdo. El espectáculo de acción se enreda en una carrera enmarañada de dilemas poco desarrollados, personajes abandonados y absurdo mal balanceado hacia la brocha gorda y la burla, y las formas convencionales no elevan un aparatoso navío tan vitaminado como superficial y decepcionante.
Néstor Juez
