
Muchos lectores sabrán que ante todo, y casi más que un escaparate de películas, un festival de cine es un cónclave para reafirmar o fortalecer el tejido empresarial del panorama cinematográfico. En el caso del Festival de San Sebastián, supone un punto de encuentro determinante en las relaciones cada vez mas estable entre el mercado español y una industria latinoamericana en hambriento proceso de expansión y de búsqueda de madurez artística. Para visibilizar estos nexos, la sección de Horizontes latinos se ha erigido como una punta de lanza para el equipo de programación del festival. Una primera toma de contacto en España con algunos de esos títulos de nuestros compañeros del otro lado del Atlántico que han captado la atención de prensa y programadores durante los primeros compases de la temporada de festivales. Para mantener la tendencia asentada en otras secciones previas, mi afán por dar preponderancia periodística a la Sección Oficial sólo pude ver cuatro títulos de Horizontes latinos, de modo que mis conclusiones generales de la sección han de ser forzosamente incompletas. Sin embargo, y pudiendo contrastar este parecer con otros compañeros, percibí un claro descenso cualitativo en la selección de Horizontes latinos de este año, pero ante todo, un estancamiento en sus líneas de programación. Películas que no acaban de despegarse de ciertos esquemas y costumbres del cine de festivales, y cuyos tonos y argumentos hacen inevitable que se fundan en nuestro recuerdo con otros trabajos muy similares programados en esta misma sección en cursos pasados. Pese a todo, es también necesario remarcar que la película más satisfactoria para un servidor de entre las que pude ver durante la semana en San Sebastián formaba parte de Horizontes latinos. Desgranemos.


En los primeros días de festival se abrió la sección con un título chileno que sorprendió a propios y extraños en su presentación en la Quincena de realizadores del pasado Festival de Cannes. Me refiero a 1976, ópera prima de la chilena Manuela Martelli que es una de las nuevas adquisiciones de Filmin, donde recabará tras un previo paso por salas. Un tenso, elegante y concentrado ejercicio de espionaje, donde el suspense se edifica no sobre la violencia que se ve, sino sobre la temible amenaza que transpira en el ambiente y se siente agazapada en cada esquina. Un ejercicio de reinvención minimalista a través del tono sofisticado de la tradición clásica del cine negro, asumiendo con un compromiso intachable atraparnos en el ambiente de un momento histórico específico sin reducirlo al arquetipo rígido de la nostalgia. Una cátedra de estilo meticulosamente invocado que embriaga hipnótico a través del tejido de densas atmósferas. Una narración tan chilena por definición como realzada por unas inequívocas resonancias hitchcockianas. El acompañamiento en perpetuo estado de alerta de una valiente heroína rodeada de hipócritas cobardes, así como de honorables amigos que, en tanto lobos con piel de cordero, clavarán la estacada si esto les garantiza salvar su pellejo. Es lógico que las poderosas formas de Martelli capten la atención del análisis, pero la propuesta no tendría la misma energía sin el virtuoso trabajo de la actriz Aline Küppenhim, omnipresente en este juego de espionaje entre collares de perlas y pintura rosa. Cine político minimalista pero sin reduccionismo en las aristas del conflicto retratado. Intenso y misterioso, embriagador sin necesidad de tornarse explícita en su violencia o confrontaciones, las cuales filma siempre desde el umbral del miedo y la sospecha. Música como herramienta perfecta para reforzar el vibrante tempo, dirección artística de texturas teatrales y una fina coreografía de cámaras que combina los primeros planos con los desplazamientos laterales pausados cambiando alturas, permitiendo incluso diálogos semánticamente impactantes con el plano detalle, especialmente en su extraordinaria apertura. Una película firme, accesible, vibrante. Una encarecida recomendación, y el gran descubrimiento de Horizontes latinos en 2022.

Prosiguiendo con cosecha latinoamericana del pasado Cannes, en el tercio final del festival de San Sebastián se proyectó la ganadora del premio a Mejor película en su sección de La Semana de la crítica, dedicada a debuts. Se trata de La jauría, película colombiana de Andrés Ramírez-Pulido. Cotidianidad marcial de un grupo de muchachos por reformar en un hipnótico entorno selvático. Una versión mas realista y concentrada de Monos, mucho más enfocada y madura en la obtención de sus frutos dramáticos y atmosféricos. Un trabajo de personajes adustos y relaciones cargadas de dureza que sin embargo no simplifica sus rasgos personales en aras del impacto. Drama de concreción y rugosidad tonal realista bañada de una evocadora y compacta atmósfera lírica de resonancias mágicas, gracias principalmente al trabajo formal a la hora de retratar los sonidos y ambientes frondosos y pegajosos de la selva. Otro trabajo lleno de magnetismo en el rostro de los integrantes de su casting, y eficaz al resaltar la hostilidad de los cuerpos. Una película convincente en sus maneras fílmicas a la par que poco inspirada para hacer evolucionar los parámetros de su propuesta a lo largo del metraje. Una vez presentadas las piezas y el tablero se desinfla, en una conjunción de factores monocorde. Por lo que a un servidor respecta, el segundo mejor trabajo de la sección, pero también uno lejos de las hechuras que se le esperan a los grandes títulos.

En una tarde de jueves 22 de septiembre plena de propuestas latinoamericanas pude descubrir también una segunda película colombiana: Un varón, título de Fabián Hernández que también vio su presentación en la Quincena de realizadores del pasado Cannes. Intenso estudio de personaje de un magnético joven en conflicto entre su sensibilidad sincera y el rol que decide adoptar. Un mosaico vigoroso del hostil clima urbano de la Bogotá de delincuentes de baja estofa y poetas urbanos. Una lúcida reflexión sobre masculinidades tóxicas y la difícil convivencia entre ellas de sensibilidades de género más líquidas. El siempre adverso camino, encrudecido aún más si cabe por el despiadado contexto, de definir la sexualidad propia en el momento de pasar a ser un adulto. Una película que convence por instantes, que funciona por poderosos destellos. Un trabajo que pone sobre la mesa una energía insolente y reivindicativa que siempre es bienvenida en la gran pantalla. Para empezar, un filme con mucho criterio al desplazar la cámara, que tanto se contiene en un plano fijo de cuidado encuadre si la fuerza dramática del instante lo exige, como acompaña al protagonista en fluidos travellings de estilizado y homogéneo recorrido. Pero dos son los focos brillantes de la propuesta fílmica: el crudo magnetismo del protagonista, interpretado por Dilan Felipe Ramírez Espitia y la integración de la improvisación rapeada como mecanismo de comunión y arenga de masas. Con todo, otro trabajo que agota su discurso antes de la primera hora, y al que después sólo le queda reiterar, retratando escenas de descubrimiento sin la fuerza suficiente para abandonar la norma y dejando la descripción del resto de los personajes en la superficie. Eso sí, un acierto que decida reflejar la violencia como una amenaza latente en lugar de como una presencia efectista. Un trabajo socialmente comprometido, pero que fracasa al sostener el vigor de sus primeros compases.

Y para dar cierre a mi breve paso por la sección de 2022, una película que no pasó por Cannes, pero cuya gestación está muy ligada al festival, pues fue la clausura, cuando aún sólo era un proyecto, del foro de Work in Progress Latam 2021: la ecuatoriana La piel pulpo, dirigida por una Ana Cristina Barragán que, tras su primer largometraje, se formó en las residencias de Ikusmira Berriak de San Sebastián. Entrada a la madurez de dos hermanos adolescentes criados en un ecosistema aislado con su propia escala de valores y conceptos. Como quizás hayan intuido algunos, una suerte de Canino pero sin su sordidez ni crueldad, intercambiados por lirismo sensorial y fascinación por la naturaleza. Dos personajes con los cuerpos en ebullición, que practican su propio código para interactuar con el mundo, principalmente a través del tacto. Una familia traspasando las barreras invisibles de la jungla urbanita y dando rienda al deseo por separado, articulándose con objetos de su hogar. Una película apoyada de manera predominante en las tomas de naturaleza y en el trance, especialmente a través del viento y de un ostentoso trabajo de envoltura sonora. Un filme con innegable sensibilidad en la enunciación de los escenarios de la isla a través de la imagen, pero considerablemente limitado en su abanico de ideas y en el desarrollo de las mismas. Una pequeña propuesta de atractiva premisa que la desaprovecha de la manera más predecible posible, deambulando entre situaciones dramáticas comunes y un recorrido de poca profundidad que halla problemas para mantener la fluidez en un metraje que le queda enorme. Un claro ejemplo de obra con mas sentido para cortometraje, de valiosas ideas pero escaso alcance. Poco memorable, pero noble en tanto película primeriza.
Primeras obras personales y con arrojo en Horizontes latinos, de convincentes formas si bien enmarcadas en coordenadas estilísticas muy definidas por los criterios habituales del equipo de programación de esta sección a lo largo de los años. Títulos que quedaron a un paso de levantar el vuelo para ofrecer desarrollos plásticos u emocionales más matizados, maduros y mutables, pero que ofrecen suficientes argumentos de interés para darle un voto de confianza a las carreras de sus respectivos realizadores. Y ante todo una sorpresa mayúscula que habla con convicción y en voz alta entre sus compañeras de la cosecha del 2022, en un grupo de cuatro proyecciones, también sea dicho, llevadas a cabo en un inmejorable ambiente de aforo, entusiasmo e implicación del público con estas historias. Ese fin de congratulación comunal al que el cine nunca debe dejar de aspirar. Seguimos.
